Nueve de la mañana. En la lejanía de la campiña, aparece un camión.
Proporciona leche de cabra a los privilegiados de la zona, apenas una docena de residentes. La ruta es la misma desde hace años: no hay nuevos “ricos” a los que surtir. El conductor baja del auto y llena el recipiente del comprador directamente desde un inmenso bidón del tamaño del propio conductor. Repite la acción las veces oportunas, espanta a los pedigüeños que le acosan, sube a la cabina y marcha hacia otra nueva parada en el trayecto de la rutina que es su vida.
Nueve y media de la mañana. A pesar del retraso, el camión se presenta.
Entre los desgraciados que mendigan por unas gotas de leche, Pamena sujeta su deteriorado cubo verde y aguarda turno, mientras observa la figura del chófer, pues éste es un dato de suma importancia para el futuro inmediato de la muchacha. Si el conductor es el joven de sonrisa moderada, Pamena regresará por donde ha venido, con la mirada posada en el fondo del cubo verde. Si, por contra, el conductor es el viejo de la camisa amarilla, el cubo recobrará, parcialmente, su utilidad.
Un pordiosero recibe el puñetazo de un brazo que brota de una manga amarilla. No hay duda, es el viejo.
Pamena espera a que todos los clientes sean despachados, y se coloca en posición, su posición, la misma de todas las mujeres que Pamena conoce. El conductor se alegra y chilla. Pamena sufre. El cubo torna su fondo verde en blanco, el puro blanco de la leche recién ordeñada. Panema pierde por unos instantes el conocimiento, y, cuando lo recobra, uno de los mendigos se alegra y chilla. Hace tres cuartos de hora que el lechero partió, y la fila de desamparados tiene un nuevo destino. El sexto que se alegra y chilla parece el hermano de Pamena, pero puede que sea alguien que se le parece, o puede que no. La fila empequeñece, y los indigentes cada vez se alegran menos pero chillan igualmente, insultan a Pamena porque el roce ya no es roce y no se siente nada. Un golpe en pleno rostro o un puñetazo en la boca del estómago de Pamena basta para saldar la espera en la cola de los que no han sentido el roce.
Ya no hay nadie a la espera. Pamena apenas puede con el cubo, le cuesta caminar, pero se alegra, hoy es un gran día. Nadie le ha robado la leche.