La primera y última sonrisa de Blanco.

Posteado en Hazañas y peripecias de Blanco sobre Julio 29,2008 por concupiscente

Blanco es hombre de costumbres, hasta tal punto que cuando hace algo poco habitual, Madre le mira con ojos de conejo y pregunta si existe la posibilidad de que Blanco esté enfermo. Este comportamiento enfurece a Blanco, pues pretende abandonar todos los hábitos que se le presuponen, hábitos que hacen de Blanco un completo infeliz. Con actitudes como la de Madre, resulta imposible forjarse un nuevo estilo. Un ejemplo claro es el día en que Blanco apareció en Cabo de Lanzas con una sonrisa como insólito apéndice de su boca. Madre retrocedió varios pasos y preguntó por el extraño instalado frente a ella. A Blanco le gustó la sensación que la sonrisa provocó en su alma, pero la ironía de Madre reveló que mejor sería no repetir el acto en el futuro.

Blanco meditó sobre el asunto, y llegó a la conclusión de que muchas de las actitudes que odia de su personalidad, perduran por esa absurda idealización de quienes le rodean.

Noche tras noche.

Posteado en Amor de viejo sobre Julio 2,2008 por concupiscente

Algún día desearás esconderte del sol en el parque del Reposo y todos los árboles habrán muerto.

Algún día desearás ver películas viejas y te lamentarás al conocer de antemano sus finales, copiados por películas de estreno.

Algún día desearás callejear por el barrio de Vacalles y el autobús te dejará demasiado cerca de tu casa.

Algún día desearás salir de fiesta aunque pasen las doce en tu reloj y sólo sonará música techno.

Algún día desearás fumar el miasma diario del pequeño corazón de dragón y en su lugar olisquearás las fragancias distinguidas de la élite del villorio.

Algún día desearás marearte entre los pasillos de esa enorme librería del centro y hallarás las estanterías vacías.

Algún día desearás que alguien te asuste y sentirás pánico porque nadie querrá hacerlo.

Algún día desearás tener unas gafas de sol y el mundo vivirá la supernova del día final.

Algún día tendrás un hermoso sueño y te despertarás en una horrible pesadilla.

Algún día … o nunca.

Trípoli.

Posteado en Amor de viejo sobre Junio 30,2008 por concupiscente

Escribo sobre Trípoli porque ya no vivo allí. De estar allí, no perdería el tiempo delante de esta mefistofélica máquina de escribir. Pasaría la mañana chamuscándome en uno de sus buses semiprofesionales, esos buses-furgoneta cuya primera misión es agostar a los viajeros que encierra, y, en un plano muy secundario, conducirlos a sus destinos correspondientes. La otra opción para circular por la ciudad, es montarse a un taxi en marcha. Los taxis en Trípoli son, si cabe, aún más amateur que los buses, y en ocasiones más concurridos. Para no transportar cadáveres que en un momento del día fueron pasajeros, el taxi carece de ventanas, reventadas a martillazos para un mejor acondicionamiento del vehículo, aunque personalmente preferiría morir de calor, cosa que no siempre ocurre, que estampado contra otro auto, ya que en una ciudad tan sucia y con tantos insectos, al menos el conductor debería ir protegido con el parabrisas correspondiente. Otra lindeza de viajar sin lunas, es la exposición continua a vendedores ambulantes y saqueadores también ambulantes, si bien en determinadas coyunturas, nos pueden sacar de un apuro (los vendedores, se entiende). Pero, sin duda alguna, lo más emocionante de moverse en transporte público por Trípoli, es cuando tu taxi o bus ha depositado a todos sus ocupantes en sus respectivas casillas de llegada, y sólo queda una ficha a bordo: tú. Lo primero que hará el conductor es preguntar por tu parada. “Hotel Via Mina”, le informas. El chófer te mira con ojos de neurótico (los ojos de alguien que conduce sin lunas durante 16 horas al día) y comienza a deslizarse por callejones por los que no recuerdas que el anterior taxi o bus que tomaste recorriera en el camino hacia el hotel, y empiezas a rezar para que esté tomando un atajo y no la ruta hacia alguna travesía abandonada donde te ídem sin dinero, ropa y puede que vida.

Durante todo el tiempo que residí en Trípoli, nadie me atracó, ni me vi inmerso en accidente de tráfico alguno, ni por supuesto sufrí insolación o tabardillo alguno, y eso que mi estancia fue de varios años y viajé en infinidad de vehículos, a cual más precario, con lo que alguien puede inferir cierta exageración en mi relato. Nada más lejos de la realidad: lo que ocurre es que soy hombre de desmesurada suerte.

Pero la suerte nunca es infinita, y por eso ya no estoy en Trípoli, sino en Milán. Una ciudad irresistible donde cualquiera puede conseguir lo que desee. Cualquiera menos yo, y no me queda otra que escribir sobre esa época donde la muerte y la suerte colmaban mi entendimiento, en Trípoli.

Pamena

Posteado en Suelo firme sobre Junio 27,2008 por concupiscente

Nueve de la mañana. En la lejanía de la campiña, aparece un camión.

Proporciona leche de cabra a los privilegiados de la zona, apenas una docena de residentes. La ruta es la misma desde hace años: no hay nuevos “ricos” a los que surtir. El conductor baja del auto y llena el recipiente del comprador directamente desde un inmenso bidón del tamaño del propio conductor. Repite la acción las veces oportunas, espanta a los pedigüeños que le acosan, sube a la cabina y marcha hacia otra nueva parada en el trayecto de la rutina que es su vida.

Nueve y media de la mañana. A pesar del retraso, el camión se presenta.

Entre los desgraciados que mendigan por unas gotas de leche, Pamena sujeta su deteriorado cubo verde y aguarda turno, mientras observa la figura del chófer, pues éste es un dato de suma importancia para el futuro inmediato de la muchacha. Si el conductor es el joven de sonrisa moderada, Pamena regresará por donde ha venido, con la mirada posada en el fondo del cubo verde. Si, por contra, el conductor es el viejo de la camisa amarilla, el cubo recobrará, parcialmente, su utilidad.

Un pordiosero recibe el puñetazo de un brazo que brota de una manga amarilla. No hay duda, es el viejo.

Pamena espera a que todos los clientes sean despachados, y se coloca en posición, su posición, la misma de todas las mujeres que Pamena conoce. El conductor se alegra y chilla. Pamena sufre. El cubo torna su fondo verde en blanco, el puro blanco de la leche recién ordeñada. Panema pierde por unos instantes el conocimiento, y, cuando lo recobra, uno de los mendigos se alegra y chilla. Hace tres cuartos de hora que el lechero partió, y la fila de desamparados tiene un nuevo destino. El sexto que se alegra y chilla parece el hermano de Pamena, pero puede que sea alguien que se le parece, o puede que no. La fila empequeñece, y los indigentes cada vez se alegran menos pero chillan igualmente, insultan a Pamena porque el roce ya no es roce y no se siente nada. Un golpe en pleno rostro o un puñetazo en la boca del estómago de Pamena basta para saldar la espera en la cola de los que no han sentido el roce.

Ya no hay nadie a la espera. Pamena apenas puede con el cubo, le cuesta caminar, pero se alegra, hoy es un gran día. Nadie le ha robado la leche.

El Gran Verano.

Posteado en Hazañas y peripecias de Blanco sobre Junio 26,2008 por concupiscente

Es el verano del odio, el Gran Verano; el día de la explosión meteórica.

Dios apunta en su agenda los quehaceres de la jornada: la semana será larga. Blanco ríe ante la complicada tarea de Dios, y camina en dirección contraria, mientras arrastra sus pies a través del barro, adoptando entre sus dedos el lodo que considera de mayor valor, para evitar que se malgaste formando alguno de los órganos del primero de los hombres.

Dios escucha la risotada y, aunque está en todas partes menos en la cabeza de Blanco, posee la mayor de las intuiciones conocidas. Planta su colosal figura ante Blanco, enjuaga con el espumarajo de su enojo los pies emporcados de fango, y le obsequia con el primer par de sandalias de la naturaleza.

Blanco renuncia al rescate del cieno valioso, y se consuela esperando que Dios lo emplee en el órgano del sentimiento con el que equipe a su nueva criatura.

Blanco regresa

Posteado en Hazañas y peripecias de Blanco sobre Junio 25,2008 por concupiscente

Blanco regresa a Cabo de Lanzas. Hay restos de carne en sus lágrimas. Cruza las piernas como una señora, bebe del tiempo y mira hacia el techo. No hay lastre en su mente. 

El degollado, observa y le dice: “vuelves a Lanzas, cruzas tus piernas y bebes del pasado, pero nada de eso me devolverá la cabeza”.

Blanco contesta, “tu cuello presume de guillotina, y tu corazón me acusa y culpabiliza; pero tus ojos respiran y ven lo que otros no creen. Tu cabeza emerge desde que dejé Cabo de Lanzas. No hay lastre en mi mente.”

 

Los tres.

Posteado en Saetas sobre Junio 25,2008 por concupiscente

Una poesía increíble, la tuya.

Vámonos de aquí.

-

Me engañaste.

No lo hice, no contigo.

-

Lo intenté, lo intenté, lo intenté.

Pero yo no quise.

-

Olvidaré.

-

Salí a trabajar.

No lo hiciste.

El restaurante…

-

Ella no lo está, pero tú sí.

Oh, no puede ser… No con él.

-

Enhorabuena.

-

He estado enferma.

-

Sigue adelante, pero no cuentes conmigo.

Y siguió con ello. Dejó el trabajo; y él de viaje.

-

Ésta sí está buena.

-

No trabajo para ti, ni para él.

-

Un hijo nuestro.

-

Arruinaste su vida.

-

Ahora él es lo más importante.

No para mí. No ahora.

-

No puedo más, me iré de aquí.

Cierra por fuera cuando salgas.

-

No lo veré nunca más.

-

Un semestre, nunca más…

Necesitaba verle.

Antes no querias.

Antes. Ahora quiero y con más fuerza que tú.

Eso nunca.

Un día te irás y aquí se quedará.

-

Va a venir, por fin.

Que no se cruce en nuestro camino.

Él no camina por donde has pisado.

-

¿Así le hechizaste?

Así lo hice contigo.